Cruzar una frontera es, a menudo, cruzar una cicatriz de la historia. Mi viaje comienza en la verja de Melilla, ese extraño umbral de hierro entre Europa y África, para dar vida a este reportaje fotográfico en Marruecos. Como fotógrafo de reportaje social, no busco la postal turística fácil, sino el latido humano que persiste cuando el ruido mediático se apaga.
Este proyecto es una inmersión en la identidad compartida de dos orillas que se miran, se desconocen y, sin embargo, se necesitan. Es la historia de un camino: de la frontera hasta el interior, del grano de la película a la nitidez digital.
Al dejar atrás la frontera y adentrarnos en el corazón del Rif, la carretera serpentea hacia Alhucemas (la antigua Villa Sanjurjo). Antes de profundizar en el relato, la ciudad se despliega ante la lente en toda su amplitud geográfica.
Tras este primer vistazo al paisaje, el reportaje abandona la distancia para centrarse en la memoria viva y la labor social. Es aquí donde el tiempo parece plegarse. Mi cámara, cargada con película analógica para capturar la textura real de la piel y la piedra, busca los vestigios de un pasado común que se resiste a desaparecer.
La labor en los centros de la Cruz Blanca
El sentido más profundo del viaje se revela en los centros de la Cruz Blanca. Allí, los Hermanos Franciscanos realizan una labor silenciosa acogiendo a los más vulnerables. Las imágenes documentan la entrega de quienes cuidan a niños y personas con discapacidad con una dignidad que trasciende el idioma.
Aquí la fotografía deja de ser arte para convertirse en testimonio. No hay poses; solo miradas de resiliencia y manos que cuidan. Esta realidad también ha sido documentada por la periodista María Diéguez en su reportaje “Niños olvidados”, poniendo el foco en la infancia vulnerable del Rif. Es un registro sobre la fe humana en una iglesia católica donde aún se celebra misa en tierra musulmana.
Alhucemas es también un ejercicio de memoria histórica. Pasear por sus cementerios, donde apellidos españoles descansan bajo el sol marroquí, evoca un silencio respetuoso.
Sin embargo, al bajar a la arena, la lente se encuentra con un anacronismo fascinante: las Islas Alhucemas. El peñón, ocupado por militares españoles, flota estático frente a una costa donde mujeres árabes pasean y pescadores locales faenan. Ese contraste visual, entre la rigidez militar y el movimiento de la vida civil, es puro fotoperiodismo; una metáfora de dos mundos que se tocan sin mezclarse.
Dejamos atrás la quietud del Rif para emprender un largo viaje en autobús hacia el norte. A través de la ventanilla, el paisaje árido da paso al verde, narrando el cambio geográfico kilómetro a kilómetro.
La llegada a Tánger supone un choque de energía. La antigua ciudad internacional nos recibe con su mezcla de decadencia bohemia y vitalidad inagotable. Aquí, la fotografía se vuelve más rápida, capturando el ajetreo urbano antes de virar nuestro rumbo definitivamente hacia el sur.
Desde Tánger, la brújula apunta al sur por la costa atlántica. Atravesamos ciudades y pueblos donde la luz se vuelve dura y el océano marca el ritmo. Es un viaje de reflexión viendo cómo Marruecos se moderniza a cada paso, hasta llegar a nuestro destino final: Casablanca.
Mi lente se dirige hacia la Mezquita Hassan II. Esta mole de piedra, suspendida prácticamente sobre las olas del Atlántico, se alza majestuosa como el símbolo del Marruecos contemporáneo. Con su minarete desafiando al cielo, es una obra de artesanía que define la identidad de un pueblo.
Fotografiarla es capturar el testimonio de una nación que honra sus raíces mientras ruge como una metrópolis dinámica. Es el cierre para un viaje que busca entender lo que fuimos, para comprender lo que somos.